Tener la sensación de que todo discurre en un acogedor blanco y negro. Huir de esa estridencia barata y burda, oropeles de colores que me cansan, me asfixian. Ese instante capturado en la memoria, foto fija en blanco y negro. El silencio.
Guardo fotos. Me parezco a un replicante. Historias que busco y desaparecen, pasados inexistentes que reviso, retoco y tergiverso, mintiéndome de forma miserable, ajustando cuentas conmigo mismo, gesticulando solo, siendo el juez y el acusado, la víctima y el verdugo. A menudo me sorprendo escuchando conversaciones ajenas, vampirizando momentos, apropiándome de instantes que apenas me rozan. Me imagino el antes y el después, juego inútilmente con ellos…, luego los arrojo al cubo de la basura de la memoria…, para volver a comenzar de nuevo.
Y aquello que aparto de mi cabeza cada vez que aparece, y que incapaz de olvidar tapo con lo que tengo más a mano, andrajos que yo mismo tejo y que no hacen más que multiplicar su aspecto fantasmal. Espero con desgana el cansancio, el olvido, y ese aburrido silencio al que aspiro.
Indolencia buscada y tomada como una medicina, imagen en blanco y negro apenas rozada por el ruido.
La potente luz de las lámparas enmarca a cuatro personas. Una mujer, dos hombres, el camarero. Instante de tiempo congelado, atrapado por la luz, aislado de una oscuridad amenazante, fugacidad encapsulada. Nadie dice nada, a penas puedo oír el ruido de las tazas que limpia el camarero. No me decido a entrar, tal es la precaria fragilidad que amenazo con romper.
He entrado otras veces, a esta hora de la noche es el único lugar donde tomar una última taza de café, una olvidada copa; último remanso de paz antes de adentrarse en la negra noche, antes de enfrentarse con los rotos jirones que tapizan de recuerdos una fría habitación.
No conozco al camarero, a penas hablo con él, pido algo, pago, me voy; agradezco su silenciosa eficiencia, su fría obsequiosidad, no sé su nombre, tampoco él sabe el mío. Suelo venir obstinadamente casi cada noche, hoy, sin embargo, me he parado en la puerta un momento, hechizado ante ese fugaz instante que he intentado descifrar.
¿Quién es la mujer? Mantiene la mirada baja, se mira la mano ausente, ¿es el hombre que fuma a su lado su acompañante? Quizá no, puede que sean unos desconocidos manteniendo una intrascendente conversación, desagüe banal de un anodino día. ¿Por qué quiero pensar que no es así? El hombre parece pensativo, observa cómo las volutas del humo de su cigarrillo escapan formando formas caprichosas, ¿único asidero ante lo que le acaba de decir la mujer? ¿O es al contrario? Ambos callan, acaso ya no sean necesarias las palabras.
¿Y el hombre de la esquina? ¿No pudo haber sido él quien vino con la mujer? ¿Escuchaba atentamente lo que hasta hace sólo un instante se decía, o ha sido él quién ha dicho algo que ha provocado de forma súbita el silencio?
Ajeno a todo, el camarero se afana en limpiar antes de cerrar el local, una noche más, ¿mudo testigo de la escena o atento observador del enigmático silencio que concierne a las tres personas que se demoran en su sitio?
Les miro desde fuera, ¿por qué intento encontrar un sentido a una escena que quizá no lo tenga? Acaso no son más que solitarios halcones nocturnos que protegidos por la luz, aguardan unos instantes antes de que la noche les engulla. Esperan, no dicen nada, apuran unos minutos de plenitud antes de perderse en la oscuridad del callejón.
Ella se mira la mano, un hombre a su lado fuma, en la esquina de la barra otro hombre mira distraído su vaso, y el camarero, diligente, no dice nada. Instante congelado en el tiempo, pequeña brizna de eternidad hecha de plástico y vidrio, sólida luz protectora. Hace frío, no hay nadie en la calle, entro.
-Good night…A cup of coffee, please.
Leve mirada de asentimiento del camarero. Oigo el sonido de mi cucharilla mientras remuevo el café. La mujer deja de mirarse la mano, pide un cigarrillo al hombre que se encuentra a su lado, me mira indolente por un momento. Silencio. Recuerdos, desteñidos, raídos por el tiempo que apenas logran alcanzarme...ahora. Miro mi café, nadie habla.
Y yo pienso en alcatraces, en migraciones inacabables, en miradas olvidadas… enla copia de mi mismo que ha quedado atrás.
Ha empezado a llover, es septiembre, qué te voy a contar. Ya sabes que me gustan estos días agónicos de verano. La lluvia es capaz de limpiarlo todo, barre esa capa de polvo y recuerdo que parece cubrir las cosas.
Quizá te sorprenda esta carta, hacía ya mucho tiempo que no nos hablábamos ¿La lluvia? Tal vez. Desde la ventana de mi casa puedo ver gente correr bajo la lluvia, otros se refugian bajo los aleros y algunos caminan como si nada sucediera, como yo. Es tan solo un aguacero. Nada más.
He sabido se ti, me han dicho que te va bien, que has vuelto a trabajar, ¿acabaste tu libro? No importa, yo tampoco he hecho nada importante, seguimos donde estábamos, sin tocar el cielo ni el infierno. Me dijeron que te casaste. Ojalá seas feliz.
Hubo un tiempo que pretendí que mi vida transcurriera entre lo banal y lo profundo, no era el único, muchos nos creímos así. Tú también lo sabes.
¿Recuerdas aquellos viajes? No sé por qué hoy me han asaltado esos recuerdos.
Siempre hacia adelante, hasta el fin de un descolorido mapa, naturalmente desfasado, miserables moteles de carretera, solitarias cunetas donde pasar la noche, una cinta de Inspiral Carpets mil veces escuchada –perdida, como tantas cosas-, un trago de whisky en una fantasmal playa de madrugada, una tarde en Cadaqués…
Tantas cosas…
Me vas a tener que perdonar, ya me conoces. Siempre doy mil vueltas a las cosas antes de decir nada, sobre todo cuando tengo que hablar de algo importante… Aunque en realidad sabes que no fue nada importante. Ya todo son recuerdos, desconchados que ensucian la pálida blancura de una pared, virutas de tiempo presas en un mar de vacío.
¿Qué sería de nuestro recuerdo sin ella? ¿Quiénes seríamos? Supongo que un par de desconocidos. Perdona que insista, sé que es un tema olvidado, pero qué quieres, ella es lo único que nos une.
Sí. Hoy la he visto.
¿Dónde? Qué importa dónde, en una calle cualquiera. Estaba parada en un semáforo esperando a pasar. Sigue igual, ¿sabes?, el mismo corte de pelo, las mismas gafas oscuras mirando ¿a qué, a quién? Estaba preciosa. No, no le he dicho nada, tampoco me ha visto. La seguí con la mirada unos instantes, la perdí cuando dobló la esquina. No me moví, allí me quedé, recogiendo de nuevo los mugrientos pedazos de algo que ambos nos empeñamos en hacer añicos, hiriéndome de nuevo con aquello que también te hería a ti…
Tú fuiste mi hermano, y mi asesino. Y ella el arma con la que quisimos matarnos. Ahora, ya ves, ella pasea por una ciudad lluviosa, donde tipos como nosotros se quedan mirando sin decir nada. Porque eso es lo que somos, un par de cadáveres.
Pretendimos seguir viviendo sin querer saber que ya estábamos muertos. Una idiota inercia que llenamos de tonterías. Vemos la vida pasar y creemos que todo eso es real. Pero sólo son recuerdos carcomidos.
La mariée mise à nu par ses célibataires, même.El Gran Vidrio.
Incluso.
La parte superior es la esfera de la novia, puesta al desnudo por los solteros. Esa mancha superior, la vía láctea, es la novia misma; inicio y final de bucle, pero los bucles no tienen comienzo. Una repetición absurda, un ciclo de sexo y deseo. La novia puesta al desnudo se encuentra arriba, trasparente y a la vez opaca. La carne tibia que esconden los inmaculados vestidos de la novia.
De ella pende el colgado hembra gracias un delicado engarce, es el inicio del mecanismo, el motor de deseo que pone en funcionamiento toda la coreografía. Reguladores de presión, manómetros y el cilindro-sexo que no cesa en su movimiento de vaivén: zumpa-zumpa… le sigue el magneto-deseo…Y la gasolina que alimenta todo el motor la segrega la novia, el desnudamiento de la novia. Ese instante previo al desnudamiento.
Una barra de metal separa esta esfera, aparentemente incomunicable.
La parte inferior es el dominio de los solteros. Dibujo de precisión. Nueve solteros parecen ser los protagonistas, pero sólo lo parecen. Son nueve moldes vacíos y es allí donde se inicia el intrincado proceso de alcanzar a la novia. La energía sexual es recogida en forma de gas por los tubos capilares y enviada a los siete tamices cónicos. Junto a los solteros se haya la compleja máquina solipista que ajena a todo realiza su propio bucle interminable: el trineo, la noria, las tijeras y el molinillo de chocolate, todo sigue un movimiento repetitivo. Un movimiento onanista.
Pero el gas, pasado a través de los tamices, alcanza ya el final de la transformación. Sus salpicaduras son recogidas por los testigos oculistas, una extraña operación óptica consigue enfocarlos con la lupa a través de la infranqueable barra horizontal. Y aparecen como nueve disparos justo bajo la novia. Los solteros creen que ha sido su complicado acercamiento a la novia lo que ha provocado su desnudamiento, un acercamiento imposible, pero que la complicada coreografía mecánica del panel inferior ha podido llevar a cabo. Se equivocan. Nada de ello sería posible sin el motor de deseo de la novia que los solteros no ven, y que no verán jamás. Es la novia quien se desnuda, quien pone en marcha todo el proceso. Y quien lo detiene en un instante congelado.
La ropa cae.
Viendo el Gran Vidrio él se preguntaba quién era. Podía imaginarse a ella, desnuda en la cama, tal y como la había dejado hacía sólo unos días. Se preguntabacuál de los solteros era él, un molde vacío. Una pieza más en un complejo y mudo engranaje que ella había puesto en funcionamiento.
Un vaivén repetitivo. Una precisa máquina imparable, que solo cesa su movimiento cuando el deseo es consumado, y por tanto perdido.
Quién fue Omar Jayyam. Aún hoy es difícil contestar a esa pregunta. Su vida está impregnada de leyenda, nos quedan sus obras, poéticas y matemáticas, y nos queda la constancia de que un milagro pudo darse en un ambiente de fanatismo religioso y oscurantismo.
Sabemos que nació a mediados del siglo XI en Nishapur, Persia. Sabemos que fue poeta y matemático, sabemos que reformó el calendario por orden del Sha Malik. Sabemos que fue el autor del Ruibaiyyat; de un “Álgebra” y unos “Comentarios a los Elementos de Euclides”. Sabemos que fue un epicúreo y uno de los más grandes matemáticos medievales. Sabemos todo eso, pero realmente no sabemos nada. Fue un heterodoxo, un iconoclasta, un amante del placer y del conocimiento, un borracho de la vida y del saber:
“Me dicen que habrá, que hay incluso un infierno.
No hay manera de llegar a creerlo.
Si a ebrios y enamorados los esperase ese infierno
Vacío estaría el paraíso, como mi mano”
(Ruibaiyyat, 131)
Una historia:
Tres estudiantes hicieron un pacto: se juraron amistad eterna, y el primero en alcanzar una posición prominente ayudaría a los dos restantes. ¿Quiénes eran los tres amigos? Omar Jayyam, Nizam al-Mulk –el futuro visir de Alp Arslan- y Hassan Sabbah –el Viejo de la Montaña, el líder de la secta de los Asesinos-. Fue Nizam el que llegó más alto, visir del sultán Alp, y quiso cumplir su promesa retribuyendo a sus dos amigos. Jayyam no pidió nada, tan solo aspiraba a retozar con alguna mujer, beber vino, escribir poesía y ensimismarse con el álgebra, así que recibió una renta vitalicia que le permitió llevar la vida que deseaba. Hassan aspiraba a más y merced a la ayuda de Nizam llegó a ser visir de Malik (nieto de Arslan). Hassan era chií ismailí así que comenzó a conspirar contra el sultán, opuesto a su fe, Nizam descubrió la conjura y lo expulsó de la corte. Refugiado en la fortaleza de Alamut, con una secta de fanáticos seguidores Hassan se vengó de Nizam: uno de sus acólitos mató al sultán, y posteriormente otro mató al propio Nizam.
Epicúreo, descreído en materia religiosa, amante del vino, las mujeres; se le ha catalogado como un poeta del gozo y los placeres. Puede ser, pero leyendo a Jayyam, no podemos dejar de apreciar una cierta amargura en el placer. La consecución del placer es para Jayyam algo perentorio, un antídoto no del todo eficaz frente a la muerte. Más que un amor a la vida hay en Jayyam una conjura contra la destrucción que íntimamente sabe inútil.
“Bebe vino antes de que tu nombre desaparezca.
Cuando ese néctar te inunde narcotizarás tu tristeza.
Deshaz bucle a bucle los cabellos de una diosa
Antes de que deshagan tus articulaciones los gusanos”
(Ruibaiyyat, 18).
Beber para olvidar, amar para olvidar, vivir para olvidar; para olvidar a la muerte que presta viene. Rápido, gocemos antes de que sea tarde. No es un canto al placer sereno, es un canto a lo efímero.
“Disfruta de tus horas. El aliento te dejará en tu día.
Te perderás bajo el misterio de la nada
Bebe: no sabes de dónde has venido.
Bebe: no sabes a dónde irás”
(Ruibaiyyat, 22).
El tiempo… el tiempo es el mal, la gran broma en la que quedamos encerrados, una ficción de la cual no hemos sabido salir:
“Ven. No anticipemos el dolor del mañana.
Gocemos juntos este presente fugitivo,
Porque muy pronto seguiremos el mismo rumbo
Que aquellos que partieron hace más de mil años”
(Ruibaiyyat, 77).
¿Es así? ¿Es siempre la felicidad algo efímero? No lo sé. ¿Venenos de nuevo? Probablemente. Pero yo corro, antes de que me alcance la decrepitud y la destrucción. Una carrera inútil que pierdo cada día, y en la que me afano.
The poor stay poor, the rich get rich That's how it goes
Everybody knows…
Leonard Cohen.
(Exotica. Atom Egoyan)
“Viene cada noche desde hace meses. Quizá es algo distinto del resto, aunque a penas llama la atención. Viene a verme a mí. Espera paciente en su mesa a que llegue mi turno, a que me ponga este vestido de colegiala y salga al escenario. Me mira, me observa, y normalmente paga para que baile a pocos centímetros de él. No puede tocarme, yo en cambio sí. Siento que con él es diferente, no sé cómo explicarlo, no se trata sólo de sexo, hay algo más, algo que no sentía desde que era una niña.”
“Exotica” es un local de streptease, un pequeño microcosmos donde noche tras noche se entrecruzan historias mínimas: Francis, un hombre casado de mediana edad, inspector de hacienda que cada noche acude a ver como Cristina baila y provocativamente se quita ese uniforme de colegiala que ha elegido como disfraz. Eric, el presentador del espectáculo, que con sus monólogos es capaz de mostrar a los presentes, a uno y otro lado de la pantalla, sus inconfesables deseos, aquello que los iguala: “¿Por qué nos atraen las adolescentes? Quizá porque cuando ellas empiezan a vivir, nosotros ya hemos malgastado la mitad de nuestra vida”. Y Zoe, la dueña del local, embarazada y sin pareja. Nada más sabemos al comienzo, todo está velado y el ambiente atrayente del local nos envuelve. Nos sentimos constreñidos por la propia lógica del streptease, una lógica del desvelamiento. Nada sabemos, pero las piezas de ropa caerán lentamente al ritmo cadencioso de la música, la bailarina, insinuante, irá mostrando su cuerpo, poco a poco…
“Eric también me mira. Es como si cada vez que salgo al escenario hablara conmigo, también con él, como si sólo estuviéramos los tres, siento su presencia como un intruso. Creo que tiene celos, creo que todavía no lo ha superado, quizá por eso aceptó lo de Zoe. A veces pienso que Francis me protegerá, que es eso lo que me atrae de él, pero sé que no es del todo cierto. Espero su presencia cada noche, pero no quiero que me toque.”
Eric se ve obligado a actuar, a forzar de forma brusca la relación que tácitamente han establecido Cristina y Francis, por celos. Porque todavía ama a Cristina, todavía no ha logrado olvidar aquel amor que les unió no hace mucho, cuando ambos eran más jóvenes, cuando Cristina era casi una adolescente, como ahora. La vida da muchas vueltas, demasiadas. Zoe le propuso un trato, Zoe quería un hijo, necesitaba un padre, y es que Zoe no amará jamás a ningún hombre, tampoco se siente atraído por ella, en cambio Cristina sí, hay una intimidad entre Cristina y Zoe que va más allá de la amistad. Pero el enigma es Francis, ¿por qué acude noche tras noche al local? ¿Por qué esa atracción por Cristina? A Francis parece bastarle la relación que ha establecido con Cristina, su matrimonio hace ya tiempo que se fue a pique, pero no fue el desamor lo que acabó con él, fue algo mucho peor, algo tan monstruoso que el espectador lo va intuyendo poco a poco, con la lentitud con la que van cayendo las piezas de ropa. Una hija pequeña, un secuestro, una violación y el consiguiente asesinato. Una tragedia que acabó con su matrimonio, que acabó con Francis. Y tras la comedia absurda que intentó con su sobrina, quizá sea ahora Cristina, que se disfraza de colegiala, aquello que, por unas horas, le devuelva a la vida, le revierta su condición de humano, aunque sea en el acotado espacio de un local de streptease, y bajo reglas que ambos respetan, estableciendo una relación con ella que va más allá del deseo, que ahonda en el recuerdo, que sólo en los cortos instantes en que ella baila provocativamente a pocos centímetros de él, logra hacerse soportable. Francis se sabe quizá protector, aunque sea de manera ficticia, teatral. Pero sólo quizá, todavía quedan prendas por quitar.
“Pobre Eric, le recuerdo cuando le conocí, en aquellos horribles días de búsqueda, intentando encontrar un cadáver, no teníamos ya otra esperanza. Aquello conmocionó a toda la cuidad, todo el mundo colaboró y Eric me ayudó a superarlo, pero lo nuestro acabó siendo un fracaso. Tengo que salir, él está ahí, donde siempre suele sentarse. Pagará para que baile a su lado, yo me quitaré la ropa lentamente, rozándole levemente con la piel desnuda, y él no me tocará. Él recordará cosas, yo también, cosas que no recordaba desde niña.”
El hechizo se romperá, hecho pedazos por los celos de Eric. Y Francis tendrá en sus manos la vida de Eric, la vida de aquel que quizá haya acabado con su última esperanza, pero no lo hará, se abrazará a él, llorará, podrá recordar, con dolor, cosas que no osaba si quiera mirar de reojo. Recordará en Eric a una de aquellas personas que buscaron con denuedo el cuerpo de su hija asesinada, recordará cosas horribles, cosas que jamás podrá sepultar el olvido. Pero todavía queda algo por quitar, queda esa última y minúscula prenda de ropa que desvele la desnudez de la bailarina, queda aquello que une de forma inextricable a Cristina y Francis, aquello que ambos buscan cada noche, entre el recuerdo insoportable de una niña asesinada, aquello que todo el mundo sabe…